Hablar con el Padre
Mateo 6:6
- Mateo 6:5-8
- Lucas 11:1-4
- Romanos 8:26
- Santiago 5:16
- 1 Tesalonicenses 5:16-18
Mucha gente dice:
"Yo no sé orar."
Y muchas veces lo dicen porque creen que orar requiere cierto tipo de palabras.
Como si hubiera que cambiar la voz.
Usar frases especiales.
Hablar más lento.
Sonar más espiritual.
O conocer exactamente qué decir.
Entonces llega el momento de orar y terminamos diciendo algo como:
"Señor, bendice este día, cuida a mi familia, gracias por todo, amén."
Y no hay nada malo con una oración corta.
El problema es cuando se convierte en una frase automática que repetimos sin realmente hablar con Dios.
A veces creemos que no sabemos orar porque no sabemos "orar bonito".
Pero Jesús nunca dijo que había que orar bonito.
En Mateo 6:6 dice:
"Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público."
Hay dos palabras que cambian completamente la manera de entender la oración:
Tu Padre.
Jesús no presenta la oración como un discurso.
La presenta como una relación.
La oración no es un discurso, es una relación
Cuando hablamos con alguien que conocemos profundamente, normalmente no preparamos un discurso.
Simplemente hablamos.
Hay conversaciones largas.
Hay conversaciones cortas.
Hay momentos donde sabemos exactamente qué queremos decir.
Y otros donde solamente podemos decir:
"No sé ni cómo explicar esto."
Una relación funciona así.
Y Jesús dice que cuando oramos, hablamos con nuestro Padre.
Eso significa que Dios ya nos conoce.
No estamos entrando delante de un extraño.
No tenemos que presentarnos.
No tenemos que demostrar que merecemos atención.
No tenemos que convencerlo de que nuestro problema es suficientemente importante.
Él ya sabe quiénes somos.
Sabe cómo llegamos.
Sabe si estamos cansados.
Sabe si estamos frustrados.
Sabe si estamos agradecidos.
Sabe si estamos molestos.
Y también sabe si estamos diciendo palabras correctas mientras nuestro corazón realmente está en otro lugar.
Por eso la oración puede ser honesta.
Podemos decir:
"Padre, estoy cansado."
"Estoy preocupado."
"No entiendo lo que estás haciendo."
"Estoy enojado."
"Gracias."
"Perdóname."
"Necesito ayuda."
Eso es oración.
No porque las palabras sean impresionantes.
Sino porque estamos hablando con Él.
Orar para que nos vean o para que Él nos escuche
Justo antes de Mateo 6:6, Jesús dice:
"Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres…"
Jesús no estaba condenando la oración pública.
Él mismo oró delante de otras personas.
El problema era para quién estaban orando.
La oración había dejado de ser conversación con Dios y se había convertido en actuación delante de personas.
Y esa pregunta todavía puede incomodarnos hoy:
¿Para quién estoy orando?
¿Mi oración cambia cuando alguien más me escucha?
¿Empiezo a usar palabras que nunca usaría estando solo?
¿Estoy hablando con Dios o estoy intentando sonar bien delante de los demás?
No es una pregunta para juzgarnos.
Es una invitación a revisar el corazón.
Porque quizás una de las mejores pruebas de nuestra vida de oración sea lo que ocurre cuando nadie puede escucharnos.
No hay público.
No hay reconocimiento.
No hay nadie diciendo:
"Qué oración tan bonita."
Solamente tú y tu Padre.
Y Jesús dice:
Ahí también estoy.
No hacen falta muchas palabras
Mateo 6:7-8 continúa:
"Y orando, no uséis vanas repeticiones, como los gentiles, que piensan que por su palabrería serán oídos. No os hagáis, pues, semejantes a ellos; porque vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis."
Otra vez aparece:
"Vuestro Padre."
Jesús dice que no somos escuchados porque logremos encontrar suficientes palabras.
Dios no está esperando que llenemos cierta cantidad de minutos.
No necesitamos explicarle perfectamente la situación para que la entienda.
De hecho, Jesús dice algo que parece provocar una pregunta bastante lógica:
Si Dios ya sabe lo que necesito…
¿Para qué tengo que orar?
Si el Padre ya sabe, ¿para qué orar?
Porque la oración nunca fue solamente para informar a Dios.
Él ya sabe.
La oración es para estar con Él.
Cuando un hijo habla con su padre acerca de algo que el padre ya sabe, la conversación sigue teniendo valor.
No porque esté entregando información nueva.
Sino porque está compartiendo su corazón.
Algo parecido ocurre con Dios.
Oramos porque necesitamos Su presencia.
Necesitamos recordar quién es Él.
Necesitamos llevar nuestras preocupaciones a algún lugar que no sean solamente nuestra propia mente.
Necesitamos escuchar.
Necesitamos rendir.
Necesitamos agradecer.
Necesitamos reconocer que no tenemos el control.
Y muchas veces entramos a la oración queriendo que Dios cambie una situación y descubrimos que, mientras hablamos con Él, comienza a cambiarnos a nosotros.
La situación quizás no cambió todavía.
Pero algo dentro de nosotros sí.
Llegamos preocupados y encontramos paz.
Llegamos molestos y comenzamos a ver las cosas de otra manera.
Llegamos desesperados y recordamos que no estamos solos.
La oración no solamente mueve nuestra petición hacia Dios.
También vuelve nuestro corazón hacia Él.
La oración nos mantiene cerca mientras esperamos
Hace poco hablamos de la paciencia y de seguir siendo fieles mientras esperamos.
La oración es una de las maneras en que permanecemos cerca durante esa espera.
Porque una espera sin oración puede convertirse rápidamente en frustración.
Comenzamos a mirar solamente el tiempo.
"Todavía nada."
"Todavía no."
"¿Cuánto más?"
Pero cuando llevamos esa espera delante de Dios, algo cambia.
Tal vez seguimos esperando.
Pero ya no esperamos solos.
Podemos decir:
"Padre, sigo esperando."
"Hoy volvió a doler."
"Hoy tengo menos paciencia que ayer."
"Hoy necesito que me sostengas."
Y podemos regresar mañana.
Y al día siguiente.
La oración no siempre acorta la espera.
Pero puede impedir que la espera nos aleje de Dios.
Los discípulos también tuvieron que aprender
Lucas 11:1 dice:
"Aconteció que estaba Jesús orando en un lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: Señor, enséñanos a orar…"
Pensemos en quiénes estaban haciendo esa pregunta.
Los discípulos.
Personas que caminaban físicamente con Jesús.
Lo escuchaban enseñar.
Veían Sus milagros.
Lo observaban orar.
Y aun así dijeron:
"Enséñanos."
Eso debería quitarnos bastante presión.
Si los discípulos necesitaron aprender, nosotros también podemos aprender.
No hay vergüenza en comenzar.
No hay vergüenza en tener pocas palabras.
No hay vergüenza en decir:
"Señor, no sé cómo hablar contigo, pero aquí estoy."
Eso mismo ya puede convertirse en oración.
Jesús entonces les enseñó lo que conocemos como el Padre Nuestro.
Y ese modelo nos enseña varias cosas.
Comienza con relación:
"Padre nuestro."
Reconoce quién es Dios:
"Santificado sea tu nombre."
Rinde nuestra voluntad:
"Hágase tu voluntad."
Presenta necesidades:
"Danos hoy el pan nuestro de cada día."
Busca perdón.
Habla de relaciones.
Pide dirección y protección.
No es solamente una oración para repetir sin pensar.
Es una estructura que nos enseña cómo acercarnos a Dios.
No necesitas empezar con una hora
A veces escuchamos acerca de personas que oran una hora diaria.
Y pensamos:
"Bueno, yo no puedo hacer eso."
Entonces hacemos cero.
Pero quizás estamos complicándolo.
No tienes que comenzar con una hora.
Comienza con cinco minutos.
Sin teléfono.
Sin música.
Sin otra cosa abierta.
Siéntate.
Y habla.
Quizás los primeros treinta segundos sean incómodos.
Está bien.
Puedes empezar diciendo:
"Padre, aquí estoy."
Después dile qué tienes en la mente.
No qué crees que deberías decir.
Lo que realmente tienes.
"Esto me preocupa."
"Gracias por esto."
"Me molestó aquello."
"Ayúdame con esta decisión."
"Perdóname por esto."
"Hoy estoy contento."
Y después guarda silencio también.
La oración no tiene que convertirse en otra tarea de productividad espiritual.
Es tiempo con el Padre.
Hay días en que la oración se queda corta
También habrá días donde cinco minutos parecen demasiado.
Días donde simplemente no tenemos palabras.
Romanos 8:26 dice:
"Y de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles."
Eso me parece profundamente consolador.
La Biblia reconoce que habrá momentos donde no sabemos qué pedir.
Ni siquiera sabemos cómo expresarlo.
Dios no responde diciendo:
"Vuelve cuando puedas formular mejor tu oración."
El Espíritu nos ayuda precisamente en nuestra debilidad.
Hay días donde la oración puede ser:
"Señor, ayúdame."
Hay días donde puede ser:
"Padre, no puedo más."
Hay días donde quizá solamente podamos llorar.
Hay momentos donde nos sentamos delante de Dios y no sale nada.
Y aun así podemos quedarnos.
Porque Dios no evalúa nuestra elocuencia.
No está contando palabras.
No está calificando nuestra oración.
Conoce el corazón incluso cuando el corazón no sabe hablar.
Santiago nos recuerda que la oración tiene poder
Santiago 5:16 dice:
"La oración eficaz del justo puede mucho."
Eso no significa que encontramos la combinación perfecta de palabras para obligar a Dios a hacer lo que queremos.
La oración no es una fórmula.
Es dependencia.
Es confianza.
Es una persona acercándose a Dios creyendo que Él escucha y que puede actuar.
Por eso debemos orar por otros.
Por nuestra familia.
Por nuestra iglesia.
Por nuestras necesidades.
Por quienes están enfermos.
Por quienes están sufriendo.
Por decisiones.
Por dirección.
Por perdón.
Y también simplemente para estar con Dios.
No toda conversación con alguien que amamos existe porque necesitamos pedirle algo.
A veces hablamos porque queremos estar cerca.
Nuestra oración también puede llegar a ser así.
"Orad sin cesar"
1 Tesalonicenses 5:16-18 dice:
"Estad siempre gozosos. Orad sin cesar. Dad gracias en todo…"
"Orad sin cesar" no significa que pasaremos las veinticuatro horas del día con los ojos cerrados.
Eso además sería bastante peligroso si estamos manejando.
La idea es vivir con una conversación abierta con Dios.
Orar mientras comenzamos el día.
Mientras manejamos.
Antes de una reunión difícil.
Cuando recibimos una buena noticia.
Cuando algo sale mal.
Cuando estamos agradecidos.
Cuando aparece una preocupación.
Que nuestra primera reacción vaya convirtiéndose poco a poco en:
"Padre…"
No solamente cuando la situación ya llegó al punto donde nada más funciona.
No usar la oración como el botón de emergencia espiritual.
Sino convertirla en parte natural de nuestra relación con Dios.
¿Qué le dirías hoy si no tuvieras que sonar bien?
Quizás esa sea la pregunta más importante.
Si nadie pudiera escucharte.
Si no tuvieras que impresionar a nadie.
Si no existieran palabras "correctas".
Si simplemente estuvieras sentado delante de tu Padre…
¿Qué le dirías hoy?
Tal vez:
"Tengo miedo."
"Estoy cansado."
"Estoy confundido."
"Estoy agradecido."
"Extraño a alguien."
"Necesito ayuda."
"Perdóname."
"Gracias por no dejarme."
Ahí puede comenzar tu oración.
No necesitas comenzar impresionando a Dios.
Él ya te conoce.
Solo necesitas comenzar hablando con Él.
Una práctica para esta semana
Esta semana, escoge un momento específico del día.
Cinco minutos.
Busca un lugar donde puedas estar sin pantalla y sin interrupciones.
No prepares un discurso.
No intentes sonar espiritual.
Simplemente comienza:
"Padre…"
Y habla con Él.
Tal vez durante los primeros días no se sienta natural.
Eso está bien.
Las relaciones crecen pasando tiempo juntos.
Y la oración también se aprende orando.
Después de hablar, quédate un momento en silencio.
No porque necesariamente escucharás una voz.
Sino porque la conversación con Dios no necesita estar llena de ruido todo el tiempo.
Estar con Él también importa.
Cinco minutos.
Esta semana.
No para cumplir.
No para poder decir que oraste.
Solo para hablar con tu Padre.
Padre, gracias porque puedo hablar contigo sin tener que impresionarte.
Gracias porque conoces lo que necesito antes de que encuentre las palabras para pedirlo.
Perdóname por las veces que oro solamente por costumbre, por apuro o pensando más en cómo sueno que en con quién estoy hablando.
Enséñame a orar.
Como los discípulos te lo pidieron, hoy también te lo pido yo.
Enséñame a hablar contigo con sencillez y honestidad.
A llevarte mis preocupaciones.
A darte gracias.
A reconocer mis errores.
A pedirte ayuda.
Y también a quedarme contigo cuando no tenga nada que decir.
Cuando no tenga palabras, recuérdame que tu Espíritu me ayuda en mi debilidad.
Que la oración deje de sentirse como un trámite y se convierta cada vez más en lo que siempre debió ser:
Una conversación con mi Padre.
Ayúdame esta semana a buscarte no solamente cuando necesite algo, sino porque quiero conocerte y permanecer cerca de ti.
En el nombre de Jesús.
Amén.
"No necesitas orar bonito; necesitas orar sincero. Tu Padre no está esperando un discurso, está esperando que hables con Él."