Considerar a otros como superiores
Filipenses 2:3
- Filipenses 2:3-8
- 1 Pedro 5:5-6
- Santiago 4:6
- Miqueas 6:8
Hay algo curioso acerca del orgullo.
Casi nadie se levanta por la mañana, se mira al espejo y piensa:
"Definitivamente soy una persona orgullosa."
Pero somos bastante buenos detectándolo en otras personas.
Vemos rápidamente cuando alguien siempre necesita tener la razón.
Cuando una persona no sabe pedir perdón.
Cuando alguien convierte cualquier conversación en una oportunidad para hablar de sus propios logros.
Cuando otra persona recibe reconocimiento y, de alguna manera, sentimos la necesidad de mencionar lo que nosotros también hicimos.
El orgullo tiene muchas formas.
A veces es evidente.
Pero otras veces sabe vestirse bastante bien.
Puede parecer seguridad.
Puede parecer experiencia.
Puede incluso esconderse detrás de frases como:
"Yo solamente estoy diciendo la verdad."
Y quizás el problema no siempre sea lo que estamos diciendo.
Quizás sea esa necesidad de demostrar que nosotros tenemos razón y el otro no.
Por eso la humildad es mucho más fácil de admirar que de practicar.
Nos encanta encontrar personas humildes.
Lo difícil es convertirnos en una de ellas.
Filipenses 2:3 dice:
"Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo."
Eso suena sencillo hasta que alguien nos contradice.
Hasta que alguien recibe el reconocimiento que queríamos.
Hasta que tenemos que decir:
"Me equivoqué."
Hasta que servir significa hacer algo que nadie va a notar.
Ahí descubrimos cuánto hemos aprendido realmente acerca de la humildad.
La humildad no es pensar mal de uno mismo
A veces confundimos humildad con despreciarnos.
Pensamos que una persona humilde debe minimizar todo lo que sabe hacer.
Si alguien le dice:
"Eso te quedó muy bien."
Responde:
"No, qué va, fue horrible."
Si alguien reconoce un talento, inmediatamente trata de negarlo.
Pero eso no es necesariamente humildad.
La humildad bíblica no significa pensar:
"No valgo nada."
No significa negar los dones que Dios nos dio.
No significa fingir que no somos buenos en algo cuando sabemos que sí lo somos.
Y tampoco significa permitir que otros nos maltraten.
Filipenses no dice:
"Piensa que todos son mejores que tú en absolutamente todo."
Dice:
"Estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo."
El énfasis no está en despreciarnos.
Está en dejar de colocarnos siempre en el centro.
Filipenses 2:4 continúa diciendo:
"No mirando cada uno por lo suyo propio, sino cada cual también por lo de los otros."
Ahí vemos mejor la idea.
La humildad pregunta:
"¿Qué necesita la otra persona?"
"¿Cómo puedo ayudar?"
"¿Tengo que ganar esta discusión?"
"¿Puedo escuchar antes de responder?"
"¿Necesito recibir el crédito?"
"¿Puedo celebrar sinceramente que a otro le vaya bien?"
La humildad no elimina nuestro valor.
Simplemente reconoce que los demás también tienen valor.
El orgullo necesita ganar
Hay una forma bastante sencilla de detectar el orgullo en nosotros mismos:
Mira qué ocurre cuando estamos equivocados.
Decir:
"Me equivoqué."
puede ser sorprendentemente difícil.
A veces preferimos dar una explicación de quince minutos antes que pronunciar esas dos palabras.
"Bueno, técnicamente yo no estaba equivocado, porque si tú hubieras entendido lo que yo realmente quería decir…"
Y de repente estamos preparando una defensa legal para evitar admitir algo bastante sencillo.
El orgullo necesita proteger nuestra imagen.
La humildad puede decir:
"Sí. Me equivoqué."
"Perdóname."
"No sabía eso."
"Tú tenías razón."
"No necesito tener la última palabra."
Y esas palabras no nos hacen pequeños.
Muchas veces requieren mucha más fortaleza que ganar una discusión.
Porque admitir que estamos equivocados significa que nuestro valor ya no depende de parecer perfectos.
Cristo mismo es el ejemplo
Pablo no deja la humildad como una teoría.
Unos versículos después nos dice:
"Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús."
Y Filipenses 2:6-8 continúa hablando de Jesús:
"El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo... y estando en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz."
Hace unas semanas hablamos de un amor que llegó primero.
Aquí vemos cómo se manifestó ese amor.
Cristo no solamente dijo que nos amaba.
Descendió.
Sirvió.
Se humilló.
Se entregó.
Y llegó hasta la cruz.
La humildad de Cristo no fue debilidad.
Jesús no se humilló porque no supiera quién era.
Precisamente porque sabía quién era pudo servir sin necesitar demostrar nada.
Y eso nos enseña algo importante.
Muchas veces pensamos que necesitamos posiciones, títulos o reconocimiento para demostrar nuestro valor.
Cristo hizo lo contrario.
El que tenía toda autoridad tomó forma de siervo.
El que merecía ser servido decidió servir.
El que podía reclamar gloria decidió entregarse.
La verdadera humildad no nace de no saber cuánto valemos.
Nace de estar tan seguros de nuestra identidad en Dios que ya no necesitamos probarla constantemente.
Servir cuando nadie está mirando
Jesús dijo en otra ocasión que quien quisiera ser grande debía servir.
Eso va completamente en contra de la manera en que muchas veces medimos la grandeza.
Nosotros miramos hacia arriba.
Posición.
Influencia.
Reconocimiento.
Autoridad.
Cristo mira hacia abajo.
La toalla.
El agua.
Los pies de los discípulos.
El servicio.
Y ahí surge una pregunta incómoda:
¿Estamos dispuestos a hacer algo bueno si nadie se entera?
Porque servir cuando todos están mirando puede alimentar nuestro orgullo.
Servir cuando nadie sabe que fuimos nosotros revela otra cosa.
La humildad puede limpiar sin esperar que alguien diga gracias.
Puede ayudar sin publicar que ayudó.
Puede ceder un lugar.
Puede escuchar.
Puede hacer el trabajo pequeño.
Puede celebrar el éxito de otra persona sin convertirlo en una competencia.
Y muchas veces esas cosas parecen insignificantes.
Pero el carácter se forma precisamente allí.
Considerar a otros cambia nuestras relaciones
Imagina cuánto cambiarían nuestras casas si cada persona comenzara el día pensando:
"¿Cómo puedo servir a los demás hoy?"
En lugar de:
"¿Por qué nadie está pensando en mí?"
Imagina un matrimonio donde ambos tratan de superar al otro en servicio en lugar de llevar una cuenta de quién hizo más.
Imagina una iglesia donde nadie necesita tener el título más importante.
Imagina un trabajo donde podemos reconocer una buena idea aunque no haya sido nuestra.
Imagina una conversación donde realmente escuchamos, en lugar de esperar nuestro turno para hablar.
Muchas discusiones no continúan porque el problema sea imposible de resolver.
Continúan porque dos personas necesitan ganar.
Y algunas veces la humildad puede terminar una discusión con una sola frase:
"Quizás tienes razón. Déjame pensarlo."
Eso puede costarnos.
Pero también puede salvar relaciones.
Dios da gracia al humilde
1 Pedro 5:5-6 dice:
"Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. Humillaos, pues, bajo la poderosa mano de Dios, para que él os exalte cuando fuere tiempo."
Santiago 4:6 repite la misma verdad:
"Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes."
Eso debería llamarnos la atención.
El orgullo no es solamente una característica desagradable.
Es una postura que nos coloca en oposición a Dios.
¿Por qué?
Porque el orgullo dice:
"Yo puedo solo."
"Yo sé."
"Yo decido."
"Yo tengo razón."
"Yo no necesito corrección."
La humildad dice:
"Señor, te necesito."
"Enséñame."
"Corrígeme."
"Quizás hay algo que todavía no estoy viendo."
"Mi manera no siempre es la mejor manera."
Y allí Dios promete gracia.
No porque la humildad compre Su favor.
Sino porque un corazón humilde está dispuesto a recibir aquello que Dios quiere darle.
"A su tiempo"
Hay otra parte hermosa en 1 Pedro 5:6:
"Para que él os exalte cuando fuere tiempo."
Eso significa que nosotros no tenemos que vivir tratando de exaltarnos.
No tenemos que asegurarnos de que todos conozcan nuestros logros.
No tenemos que luchar desesperadamente por recibir reconocimiento.
No tenemos que empujar a otro hacia abajo para subir nosotros.
Podemos servir.
Podemos ser fieles.
Podemos hacer correctamente aquello que Dios puso en nuestras manos.
Y podemos confiar en que Dios sabe cuándo y cómo levantar a una persona.
La humildad puede esperar.
El orgullo tiene prisa por demostrar.
La humildad confía en que Dios ve.
Hay cosas que nadie más reconocerá.
Pero Dios sí.
Hay actos de servicio que nadie aplaudirá.
Pero Dios los ve.
Hay ocasiones en que permitiremos que otro reciba el crédito.
Dios lo sabe.
Y eso puede ser suficiente.
Caminar humildemente con Dios
Miqueas 6:8 dice:
"Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios."
La humildad comienza delante de Dios.
Antes de tratar de ser humildes con los demás, necesitamos recordar quiénes somos delante de Él.
Todo lo que tenemos proviene de alguna manera de Su gracia.
Nuestros dones.
Nuestras oportunidades.
Nuestra capacidad.
Nuestra vida misma.
Eso no significa que no trabajamos duro.
Pero incluso nuestra capacidad para trabajar es un regalo.
Cuando recordamos eso, se vuelve más difícil mirar a otra persona desde arriba.
Porque podemos decir:
"Lo que tengo no me hace superior. Me hace responsable."
El talento no es una razón para presumir.
Es una herramienta para servir.
El conocimiento no debería hacernos arrogantes.
Debería permitirnos ayudar.
La posición no debería aumentar nuestra necesidad de ser servidos.
Debería aumentar nuestra responsabilidad de servir.
Así funcionaba Cristo.
Y así debe verse el carácter cristiano.
¿Dónde necesitas escoger humildad esta semana?
Quizás no necesitamos pensar en una situación extraordinaria.
Tal vez esta semana la humildad se verá en algo pequeño.
Pedir perdón primero.
Escuchar sin interrumpir.
Reconocer que alguien más tuvo una mejor idea.
Felicitar sinceramente a una persona que recibió algo que tú querías.
Servir en algo donde nadie conocerá tu nombre.
Dejar de competir.
Aceptar una corrección sin comenzar inmediatamente a defenderte.
O simplemente decir:
"Me equivoqué."
Quizás hay una relación específica en la que constantemente necesitas tener la razón.
Una conversación que sigue estancada porque ninguno quiere ceder.
Una persona a la que estás mirando solamente desde lo que puede hacer por ti.
Esta semana, intenta cambiar la pregunta.
En lugar de:
"¿Qué debería hacer esta persona por mí?"
pregunta:
"¿Cómo puedo mostrarle el carácter de Cristo?"
Eso no significa convertirte en alguien sin límites.
No significa tolerar abuso.
No significa que tu opinión no importa.
Significa que ya no necesitas estar siempre en el centro.
La grandeza que se arrodilla
El mundo suele enseñarnos a subir.
Cristo nos enseñó a bajar.
El mundo dice:
"Haz que te reconozcan."
Cristo tomó forma de siervo.
El mundo dice:
"Demuestra cuánto vales."
Cristo sabía quién era y aun así lavó pies.
El mundo dice:
"Busca ser el primero."
Cristo nos enseñó que el mayor sirve.
Y quizás allí encontramos una de las paradojas más hermosas de la fe:
Cristo fue exaltado precisamente después de humillarse.
Filipenses 2 continúa diciendo que Dios también le exaltó hasta lo sumo.
La cruz no fue el final.
La humildad no terminó en derrota.
Y tampoco tenemos que vivir pensando que servir nos hace menos.
La humildad no disminuye quiénes somos.
Nos hace parecernos más a Cristo.
Señor, gracias por el ejemplo de Cristo.
Gracias porque siendo Dios se humilló, tomó forma de siervo y llegó hasta la cruz por amor a nosotros.
Perdóname por las veces que necesito tener la razón.
Por las veces que busco reconocimiento.
Por las veces que comparo lo que tengo con lo que otros tienen.
Por las veces que me cuesta admitir que me equivoqué.
Muéstrame las áreas donde el orgullo se ha escondido dentro de mí.
Enséñame a valorar a los demás.
A escuchar.
A servir.
A celebrar el bien que haces en otra persona sin sentir que eso disminuye lo que haces en mí.
Dame seguridad en quien tú dices que soy, para no tener que demostrar constantemente mi valor.
Ayúdame a usar mis dones para servir y no para sentirme superior.
Y cuando nadie vea lo que hago, recuérdame que tú sí lo ves.
Que pueda caminar humildemente contigo y reflejar el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús.
En el nombre de Jesús.
Amén.
"La humildad no es pensar menos de ti mismo; es dejar de ponerte siempre en el centro."