Perdonar como fuimos perdonados
Colosenses 3:13
- Colosenses 3:13
- Mateo 18:21-22
- Efesios 4:32
- Marcos 11:25
Hay cosas que pesan más de lo que parecen.
Una conversación que seguimos repasando en la mente.
Una traición que ocurrió hace años, pero todavía cambia nuestro estado de ánimo cuando recordamos el nombre de la persona.
Una disculpa que nunca llegó.
Una injusticia que nadie reconoció.
Algo que decimos que "ya superamos", pero que todavía aparece cada vez que alguien toca la herida.
Podemos seguir trabajando.
Podemos sonreír.
Podemos ir a la iglesia.
Podemos continuar con nuestra vida.
Y aun así seguir cargando aquello.
El resentimiento funciona así.
No siempre hace ruido.
A veces simplemente viaja con nosotros.
Y uno puede acostumbrarse tanto al peso que termina creyendo que ya no lo está cargando.
Por eso Colosenses 3:13 nos confronta de una manera tan directa:
"Soportándoos unos a otros, y perdonándoos unos a otros si alguno tuviere queja contra otro. De la manera que Cristo os perdonó, así también hacedlo vosotros."
Esa última parte cambia completamente la conversación:
"De la manera que Cristo os perdonó."
La medida del perdón cristiano no es cuánto merece la otra persona.
La medida es cuánto hemos sido perdonados nosotros.
Perdonar no significa decir que no dolió
A veces hablamos del perdón como si fuera simplemente decir:
"No importa."
Pero sí importó.
Si alguien te hirió, importó.
Si alguien traicionó tu confianza, importó.
Si alguien te humilló, te mintió, te abandonó o abusó de tu confianza, importó.
El perdón bíblico no requiere llamar pequeño a algo que fue grande.
No requiere decir que estuvo bien algo que estuvo mal.
Y tampoco requiere fingir que no hubo consecuencias.
Cristo mismo nos muestra esto.
Dios no miró el pecado y dijo:
"No importa."
La cruz demuestra precisamente lo contrario.
El pecado era tan serio que tuvo un costo.
El perdón fue ofrecido gratuitamente a nosotros, pero no fue barato.
Cristo pagó por él.
Por eso perdonar no significa negar la gravedad del daño.
Significa decidir que ese daño no continuará teniendo autoridad sobre nuestro corazón.
Podemos decir:
"Lo que hiciste estuvo mal."
Y también decir:
"No voy a pasar el resto de mi vida viviendo atado a lo que hiciste."
Eso es diferente.
Muchas veces pensamos que perdonar significa absolver emocionalmente a la otra persona de todo.
Pero el perdón comienza más profundamente.
Es entregar a Dios nuestro derecho de vivir buscando venganza.
Es dejar de alimentar constantemente la deuda.
Es decir:
"Señor, esto me dolió. Tú sabes cuánto. Pero no quiero seguir cargándolo."
Y algunas veces esa oración tendrá que repetirse más de una vez.
Porque hay heridas que no desaparecen después de una sola oración.
El perdón puede ser una decisión antes de convertirse en un sentimiento
Hay personas que esperan sentir deseos de perdonar antes de hacerlo.
El problema es que ese sentimiento quizás tarde mucho en llegar.
A veces nunca llega por sí solo.
El perdón bíblico muchas veces comienza como una decisión de obediencia.
"No siento que pueda hacerlo todavía, Señor, pero quiero comenzar."
Eso no es hipocresía.
Es fe.
Es reconocer que nuestro corazón necesita ayuda.
Podemos decidir perdonar y todavía sentir dolor.
Podemos decidir perdonar y seguir teniendo recuerdos difíciles.
Podemos decidir perdonar y necesitar tiempo para sanar.
El perdón no borra automáticamente la memoria.
Lo que comienza a cambiar es el poder que esa memoria tiene sobre nosotros.
Poco a poco dejamos de vivir reaccionando desde la herida.
Perdonar no es lo mismo que reconciliarse
En Mateo 18:21-22, Pedro le pregunta a Jesús:
"Señor, ¿cuántas veces perdonaré a mi hermano que peque contra mí? ¿Hasta siete?"
Y Jesús le responde:
"No te digo hasta siete, sino aun hasta setenta veces siete."
Jesús no estaba entregándole a Pedro una calculadora espiritual.
No estaba diciendo:
"Cuando llegues a 490, se acabó."
El punto era que el perdón no debía convertirse en una cuenta que llevamos cuidadosamente.
Pero aquí hay algo muy importante que debemos entender:
Perdonar no es exactamente lo mismo que reconciliarse.
El perdón puede comenzar en una persona.
La reconciliación requiere dos.
Para restaurar una relación normalmente hacen falta cosas como verdad, arrepentimiento, cambio, responsabilidad y reconstrucción de confianza.
Y algunas veces esa reconciliación no será posible.
Hay relaciones que terminaron.
Hay personas que ya no están.
Hay situaciones donde mantener distancia es sabio.
Y hay casos donde establecer límites es necesario.
Perdonar a alguien no significa darle automáticamente el mismo acceso a tu vida que tenía antes.
No significa ignorar patrones destructivos.
No significa regresar a una situación insegura.
No significa actuar como si nunca hubiera pasado nada.
Podemos perdonar y aun así establecer límites.
Podemos perdonar y decir:
"Te deseo bien, pero esta relación no puede continuar de la misma manera."
Podemos perdonar a alguien sin volver a confiar inmediatamente.
Porque el perdón se ofrece.
La confianza se reconstruye.
Y son cosas diferentes.
Esto es importante porque algunas personas viven con culpa pensando:
"Si de verdad perdoné, debería volver a relacionarme exactamente igual."
No necesariamente.
La gracia no elimina la sabiduría.
Perdonamos porque fuimos perdonados primero
Efesios 4:32 dice:
"Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo."
Otra vez aparece la misma idea.
Nuestro perdón comienza mirando hacia atrás.
Antes de mirar a la persona que nos hirió, miramos lo que Cristo hizo por nosotros.
Eso no hace que el daño desaparezca.
Pero cambia nuestra posición.
Porque ninguno de nosotros vive delante de Dios solamente por mérito.
Vivimos por gracia.
Dios nos perdonó cuando no podíamos pagar nuestra deuda.
Nos dio misericordia.
Nos permitió volver.
Nos amó primero.
Y ahora nos llama a convertirnos en personas que también extienden gracia.
Eso puede ser difícil.
Muy difícil.
Especialmente cuando pensamos:
"Pero esa persona no merece mi perdón."
Y quizás sea cierto.
Quizás no lo merece.
Pero nosotros tampoco recibimos el perdón porque lo merecíamos.
Lo recibimos por gracia.
Perdonar no significa decir que la otra persona merece lo que estamos dando.
Significa reconocer que nosotros también vivimos de algo que nunca pudimos ganar.
Lo que no soltamos puede terminar sujetándonos
Marcos 11:25 dice:
"Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas."
Jesús toma el perdón tan en serio que lo lleva directamente al lugar de la oración.
Porque el resentimiento no se queda solamente en una relación.
Comienza a entrar en otras áreas de nuestra vida.
Puede afectar cómo confiamos.
Cómo reaccionamos.
Cómo tratamos a personas que ni siquiera fueron quienes nos hicieron daño.
A veces alguien nuevo termina pagando emocionalmente por lo que hizo alguien del pasado.
Una herida puede convertirse en sospecha.
La sospecha puede convertirse en distancia.
La distancia puede convertirse en aislamiento.
Y, poco a poco, aquello que hizo otra persona comienza a definir cómo vivimos nosotros.
Eso es demasiado poder para entregárselo a quien nos hirió.
El resentimiento promete protegernos.
Nos dice:
"Si no lo sueltas, nunca olvidarás lo que te hicieron."
Pero muchas veces termina haciendo algo diferente.
Nos mantiene conectados al momento que más deseamos dejar atrás.
La persona quizás continuó con su vida.
Y nosotros seguimos teniendo conversaciones con ella en nuestra mente cinco años después.
Seguimos pensando qué deberíamos haber dicho.
Seguimos imaginando la disculpa que quisiéramos recibir.
Seguimos esperando que finalmente reconozca el daño.
Y mientras esperamos, seguimos cargando la deuda.
Perdonar no siempre libera a la otra persona de una consecuencia.
Muchas veces primero nos libera a nosotros del peso.
Perdonar no significa que la justicia desaparece
También debemos aclarar esto.
Hay ocasiones en las que perdonar y buscar justicia pueden existir al mismo tiempo.
Podemos perdonar y reportar una conducta incorrecta.
Podemos perdonar y establecer consecuencias.
Podemos perdonar y proteger a otras personas.
Podemos perdonar y dejar que las autoridades correspondientes hagan su trabajo.
La justicia y el perdón no son necesariamente enemigos.
Perdonar significa que dejamos la venganza en manos de Dios.
No significa que dejamos de llamar al mal por su nombre.
Hay heridas pequeñas.
Y hay heridas profundas.
Hay situaciones que pueden resolverse con una conversación.
Y hay situaciones que requieren límites, ayuda profesional, intervención pastoral, apoyo legal o protección.
El mandato de perdonar nunca debe convertirse en una herramienta para obligar a alguien a permanecer donde continúa siendo lastimado.
¿A quién sigues cargando?
Quizás mientras escuchabas este mensaje apareció un nombre.
Tal vez no quieres admitirlo todavía.
Pero sabes exactamente quién es.
Quizás fue hace una semana.
Quizás fue hace veinte años.
Quizás esa persona nunca pidió perdón.
Quizás ni siquiera reconoce que hizo algo malo.
Y puede que una parte de ti piense:
"Si perdono, parece que ganó."
Pero perdonar no significa que ganó.
Significa que ya no permitiremos que aquello continúe gobernándonos.
Quizás hoy no puedes decir:
"Ya no me duele."
Está bien.
Quizás tampoco puedes decir:
"Ya confío otra vez."
No tienes que hacerlo.
Tal vez el primer paso simplemente sea:
"Señor, quiero querer perdonar."
A veces empezamos ahí.
Y después:
"Señor, ayúdame a soltar esta deuda."
Y quizás mañana tengamos que repetirlo.
Y la próxima semana otra vez.
Pero cada vez que entregamos el resentimiento a Dios, aflojamos un poco las manos.
Hasta que un día descubrimos que aquello que cargamos durante tanto tiempo ya no pesa igual.
Esta semana
Quiero invitarte a identificar una persona o una situación que todavía ocupa demasiado espacio dentro de ti.
No tienes que llamarla hoy.
No tienes que escribirle.
No tienes que restaurar ninguna relación automáticamente.
Simplemente lleva esa persona delante de Dios.
Dile la verdad.
"Señor, esto todavía me duele."
"Todavía estoy enojado."
"Todavía quiero una explicación."
"Todavía me cuesta perdonar."
Y luego añade:
"Pero no quiero seguir viviendo atado a esto."
Pídele a Dios que comience a hacer en ti lo que todavía no puedes hacer solo.
Porque perdonar como Cristo nos perdonó no significa que nunca fuimos heridos.
Significa que la herida ya no tendrá la última palabra.
Cristo la tendrá.
Señor, gracias porque tú me perdonaste primero, sin que yo lo mereciera.
Gracias porque tu gracia llegó hasta mí cuando yo tampoco podía pagar mi deuda.
Hoy te traigo las personas que todavía me cuesta perdonar y las heridas que continúan ocupando espacio en mi corazón.
No quiero fingir que no dolió.
Tú sabes exactamente lo que pasó.
Sabes lo que perdí.
Sabes las palabras que todavía recuerdo.
Sabes las disculpas que nunca llegaron.
Pero también sabes que no quiero seguir cargando este peso.
Ayúdame a perdonar no porque el daño haya sido pequeño, sino porque tu gracia es mayor.
Dame sabiduría para saber cuándo restaurar y cuándo establecer límites.
Dame humildad para reconocer cuánto he sido perdonado.
Y dame fuerzas para entregar en tus manos aquello que no me corresponde seguir cargando.
Si hoy todavía no sé cómo perdonar completamente, comienza conmigo donde estoy.
Sana lo que necesita ser sanado.
Libera lo que necesita ser soltado.
Y enséñame poco a poco a perdonar como fui perdonado.
En el nombre de Jesús.
Amén.
"El perdón no le quita la razón al dolor; le quita el poder de seguir gobernando tu corazón."