Un amor que llegó primero
Romanos 5:8
- Romanos 5:8
- Efesios 3:17-19
- 1 Juan 4:9-10
- Gálatas 2:20
La mayoría del amor que conocemos viene con alguna condición.
Nos quieren porque somos buenos amigos.
Porque respondemos.
Porque estamos presentes.
Porque tratamos bien a la otra persona.
Porque cumplimos expectativas.
Y, aunque no siempre lo digamos en voz alta, muchas veces aprendemos a relacionarnos pensando así:
"Si hago esto bien, me van a querer."
"Si no fallo, no voy a decepcionar."
"Si doy suficiente, recibiré cariño también."
Desde pequeños aprendemos, de una manera u otra, a buscar aprobación.
Queremos escuchar:
"Estoy orgulloso de ti."
"Lo hiciste bien."
"Te necesito."
"Eres importante para mí."
Y cuando fallamos, muchas veces aparece el temor de perder ese amor.
Por eso el amor de Cristo puede resultar tan difícil de comprender.
Porque rompe completamente esa lógica.
Romanos 5:8 dice:
"Mas Dios muestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros."
No dice que Cristo murió por nosotros cuando finalmente nos portamos bien.
No dice que esperó hasta que arregláramos nuestra vida.
Dice:
"Siendo aún pecadores."
Es decir, cuando todavía estábamos lejos.
Cuando todavía fallábamos.
Cuando todavía no entendíamos.
Cuando todavía no podíamos ofrecerle nada digno a cambio.
Cristo nos amó primero.
Cristo no esperó a que estuviéramos listos
Hay personas que pasan gran parte de su vida intentando sentirse suficientemente buenas para acercarse a Dios.
Piensan:
"Primero tengo que cambiar esto."
"Primero tengo que dejar aquello."
"Primero tengo que arreglar mi vida."
"Después volveré a Dios."
Pero el evangelio funciona exactamente al revés.
No cambiamos para que Cristo nos ame.
Su amor es lo que comienza a cambiarnos.
Romanos 5:8 no presenta el amor de Dios como una recompensa.
Lo presenta como iniciativa.
Dios dio el primer paso.
Nosotros no llegamos hasta Él.
Él vino hasta nosotros.
Eso significa que no tenemos que fingir delante de Dios.
No tenemos que llegar diciendo:
"Señor, mira todo lo que hice bien esta semana."
Podemos llegar sabiendo que Él ya conoce lo que hicimos bien.
Y también conoce lo que hicimos mal.
Conoce los pensamientos que nadie más conoce.
Conoce las veces que prometimos cambiar y volvimos a caer.
Conoce las dudas.
Las luchas.
Los errores.
Y aun así, la cruz continúa diciendo:
"Te amé primero."
Eso no significa que Dios ignore nuestro pecado.
Precisamente por causa del pecado fue necesaria la cruz.
Pero significa que nuestro fracaso nunca sorprendió a Dios.
Cristo no descubrió nuestras debilidades después de amarnos.
Ya las conocía cuando decidió entregarse por nosotros.
Y eso cambia la manera en que nos acercamos a Él.
Ya no venimos tratando de comprar Su amor.
Venimos a recibir algo que nunca podríamos comprar.
Un amor que se puede conocer, no solo repetir
Efesios 3:17-19 dice:
"A fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis plenamente capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento…"
Hay algo curioso en esas palabras.
Pablo dice:
"conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento."
Parece una contradicción.
¿Cómo conocemos algo que excede nuestro conocimiento?
Porque Pablo no está hablando solamente de información.
Podemos saber muchas cosas acerca de Dios y aun así sentirnos lejos de Él.
Podemos haber escuchado desde niños:
"Jesús te ama."
Podemos haber cantado canciones acerca de Su amor.
Podemos conocer Juan 3:16 de memoria.
Podemos explicar perfectamente qué significa la gracia.
Y aun así, en ciertos momentos de nuestra vida, preguntarnos:
"¿Pero realmente me ama a mí?"
Una cosa es saber que Dios ama al mundo.
Otra es descansar en la realidad de que Dios me ama a mí.
Con mis defectos.
Con mi historia.
Con mis preguntas.
Con las partes de mi vida que todavía están en construcción.
Quizás por eso Pablo ora para que la iglesia pueda comprender la anchura, la longitud, la profundidad y la altura de ese amor.
Porque nunca terminamos de explorarlo.
Cuando pensamos que hemos llegado al límite, descubrimos que sigue siendo más profundo.
Cuando creemos que nuestro error fue demasiado grande, encontramos gracia.
Cuando pensamos que nos alejamos demasiado, encontramos que Él todavía llama.
Cuando sentimos que no merecemos volver, encontramos brazos abiertos.
El amor de Cristo no es simplemente una doctrina para memorizar.
Es una realidad en la que podemos vivir.
A veces conocemos el amor de Cristo precisamente cuando más lo necesitamos
Hay temporadas en las que resulta fácil creer que Dios nos ama.
Cuando todo va bien.
Cuando las oraciones reciben respuestas rápidas.
Cuando tenemos salud.
Cuando sentimos Su presencia.
Cuando las cosas parecen tener sentido.
Pero también hay temporadas en las que el amor de Dios parece más difícil de percibir.
Cuando esperamos y no llega la respuesta.
Cuando atravesamos una pérdida.
Cuando fallamos nuevamente.
Cuando sentimos culpa.
Cuando oramos y parece que el cielo permanece en silencio.
Y es precisamente ahí donde debemos recordar que el amor de Cristo no depende de nuestras circunstancias.
La cruz ocurrió antes de cualquiera de los problemas que estamos enfrentando hoy.
Eso significa que no tenemos que interpretar el amor de Dios solamente según cómo salió nuestra semana.
Si todo salió bien, Dios nos ama.
Si todo salió mal, Dios nos ama.
Si recibimos la respuesta que queríamos, Dios nos ama.
Si seguimos esperando, Dios nos ama.
Si estuvimos fuertes, Dios nos ama.
Y si esta semana apenas pudimos mantenernos en pie, Su amor no cambió.
Su amor no sube y baja con nuestro desempeño.
No tenemos que despertarnos cada mañana tratando de averiguar si hoy Dios estará contento con nosotros.
La cruz ya respondió la pregunta acerca de cuánto estuvo dispuesto a dar por amor.
Un amor que se demuestra, no solamente se declara
Gálatas 2:20 dice:
"...y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí."
Pablo no dice solamente:
"Cristo dijo que me amaba."
Dice:
"Me amó y se entregó a sí mismo por mí."
El amor de Cristo tuvo acción.
Tuvo sacrificio.
Tuvo dolor.
Tuvo una cruz.
Eso es importante porque cualquiera puede decir:
"Te amo."
Pero las palabras adquieren peso cuando existe una acción detrás de ellas.
Cristo no se quedó en una declaración desde el cielo.
Vino.
Vivió entre nosotros.
Sirvió.
Sanó.
Perdonó.
Tocó al rechazado.
Se acercó al que todos evitaban.
Y finalmente se entregó.
1 Juan 4:9-10 lo expresa así:
"En esto se mostró el amor de Dios para con nosotros, en que Dios envió a su Hijo unigénito al mundo, para que vivamos por él. En esto consiste el amor: no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que él nos amó a nosotros…"
Otra vez aparece la misma verdad:
Él comenzó.
Antes de nuestra respuesta estuvo Su amor.
Antes de nuestra obediencia estuvo Su gracia.
Antes de nuestra búsqueda estuvo Su llamado.
¿Qué cambia si realmente creo que Cristo me ama así?
Aquí es donde este mensaje deja de ser solamente información.
Porque podemos terminar diciendo:
"Qué bonito. Dios me ama."
Y seguir viviendo exactamente igual.
Pero el amor de Cristo pide una respuesta.
No una respuesta para ganarlo.
Una respuesta porque ya lo recibimos.
Si realmente creo que Cristo me ama, entonces no tengo que vivir desesperado buscando la aprobación de todo el mundo.
No todo el mundo tiene que entenderme.
No todo el mundo tiene que aplaudirme.
No necesito cambiar quién soy solamente para que alguien decida aceptarme.
Si realmente creo que Cristo me ama, puedo dejar de esconder mis errores delante de Él.
Puedo arrepentirme.
Puedo volver.
Puedo decir:
"Señor, fallé."
sin pensar que esa confesión hará que Él deje de amarme.
Si realmente creo que Cristo me ama, también puedo comenzar a amar de una manera diferente.
Porque el amor recibido se convierte en amor compartido.
Puedo tener paciencia con alguien que no la merece.
Puedo perdonar.
Puedo servir sin esperar reconocimiento.
Puedo extender gracia porque yo mismo vivo de la gracia.
El amor de Cristo no solamente nos consuela.
También nos transforma.
Quizás hoy necesitas dejar de intentar ganártelo
Tal vez llevas mucho tiempo tratando de demostrarle algo a Dios.
Tratando de ser suficientemente bueno.
Suficientemente fuerte.
Suficientemente espiritual.
Tal vez cada error te hace pensar que Dios debe estar decepcionado de ti.
Tal vez conoces perfectamente el mensaje del evangelio, pero en el fondo todavía vives como si tuvieras que pagar por el amor de Dios.
Hoy recuerda Romanos 5:8.
"Siendo aún pecadores…"
Ahí comenzó.
No cuando llegaste a ser perfecto.
No cuando entendiste todo.
No cuando dejaste todos tus errores atrás.
Él te amó primero.
Quizás esta semana, en lugar de comenzar cada día pensando:
"¿Qué tengo que hacer para que Dios me ame?"
podemos comenzar con otra pregunta:
"¿Cómo viviría hoy si realmente creyera que ya soy amado por Cristo?"
Quizás tendríamos menos miedo.
Menos necesidad de aprobación.
Más libertad para reconocer nuestros errores.
Más paciencia con otros.
Más disposición para perdonar.
Y más gratitud.
Porque cuando entendemos que el amor llegó primero, la obediencia deja de ser un intento de comprar el favor de Dios.
Se convierte en una respuesta agradecida a Aquel que ya nos amó.
Señor Jesús, gracias porque tu amor no esperó a que yo estuviera listo ni a que mereciera nada.
Me amaste primero.
Cuando todavía estaba lejos, tú te acercaste.
Cuando todavía era pecador, tú te entregaste por mí.
Perdóname por las veces que he tratado de ganar con mis obras aquello que tú ya me ofreciste por gracia.
Ayúdame a no reducir tu amor a una verdad que simplemente conozco de memoria.
Quiero vivir en él.
Quiero descansar en él.
Quiero que llegue desde mi mente hasta mi corazón y transforme la manera en que me veo, la manera en que veo a otros y la manera en que vivo cada día.
Cuando falle, recuérdame que puedo volver a ti.
Cuando busque desesperadamente la aprobación de otros, recuérdame quién ya me llamó suyo.
Y cuando encuentre a alguien difícil de amar, ayúdame a recordar cuánto amor y cuánta gracia he recibido de ti.
Gracias por amarme primero.
Que mi vida sea una respuesta agradecida a ese amor.
En el nombre de Jesús.
Amén.
"El amor de Cristo no llegó como premio por lo que hicimos bien; llegó como regalo cuando todavía no teníamos nada con qué merecerlo."