Cuando el miedo toca la puerta
2 Timoteo 1:7
- 2 Timoteo 1:7
- Salmo 56:3
- Isaías 41:10
- Filipenses 4:6-7
El miedo tiene una costumbre bastante desagradable: casi nunca avisa que viene.
No manda mensaje.
No toca primero para preguntar si estamos disponibles.
Simplemente aparece.
Puede llegar en medio de la noche, cuando todo está en silencio y la mente decide comenzar una reunión extraordinaria con todos los problemas que no resolvimos durante el día.
Puede aparecer antes de recibir un resultado médico.
Cuando llega una carta que no esperábamos.
Cuando vemos una llamada perdida de alguien que normalmente no llama a esa hora.
Cuando escuchamos que en el trabajo vienen cambios.
Cuando uno de nuestros hijos está pasando por algo que no podemos controlar.
O cuando tenemos que tomar una decisión y ninguna de las opciones parece segura.
Y entonces comienza esa conversación interna:
"¿Y si sale mal?"
"¿Y si no puedo?"
"¿Y si pasa algo?"
"¿Y si pierdo esto?"
"¿Y si Dios no responde como espero?"
Todos hemos tenido miedo.
Algunos miedos son pequeños y duran unos minutos.
Otros se sientan con nosotros durante semanas, meses o incluso años.
Pero la pregunta no es solamente si sentimos miedo.
La pregunta es: ¿qué hacemos cuando el miedo aparece?
2 Timoteo 1:7 dice:
"Porque no nos ha dado Dios espíritu de cobardía, sino de poder, de amor y de dominio propio."
Pablo no está diciendo que el creyente nunca sentirá miedo.
Está diciendo que el miedo no debe convertirse en el espíritu que gobierna nuestra vida.
Sentir miedo no significa que te falta fe
A veces los cristianos cometemos un error.
Pensamos que una persona de fe nunca debería tener miedo.
Y entonces, cuando sentimos temor, además de preocuparnos por el problema, comenzamos a sentir culpa por estar preocupados.
"Tal vez no estoy confiando suficiente."
"Tal vez mi fe está débil."
"Tal vez si fuera más espiritual esto no me afectaría."
Pero la Biblia está llena de personas de fe que tuvieron miedo.
David tuvo miedo.
Elías tuvo miedo.
Los discípulos tuvieron miedo.
Incluso hombres y mujeres que habían visto a Dios obrar de maneras extraordinarias tuvieron momentos en los que no sabían qué hacer.
La diferencia no estaba en que nunca sintieran temor.
La diferencia estaba en qué hacían con él.
Sentir miedo es humano.
Permitir que el miedo decida por nosotros es otra cosa.
Porque el miedo puede hablar.
Y cuando habla, suele hacerlo con mucha seguridad.
El miedo dice:
"No lo intentes."
"No confíes."
"No salgas."
"No perdones."
"No hables."
"No cambies."
"No te arriesgues."
"Esto definitivamente va a terminar mal."
Y si no tenemos cuidado, comenzamos a organizar nuestra vida alrededor de esas palabras.
Dejamos de hacer cosas que Dios nos llamó a hacer.
Evitamos conversaciones necesarias.
Nos aferramos a situaciones que sabemos que debemos dejar.
O rechazamos oportunidades simplemente porque no podemos controlar el resultado.
Pero 2 Timoteo nos recuerda algo importante:
El espíritu que Dios nos dio no produce cobardía.
Produce poder para avanzar.
Produce amor para actuar correctamente.
Y produce dominio propio para no ser gobernados por nuestras emociones.
La fe no siempre elimina el miedo.
Muchas veces la fe simplemente decide caminar mientras el miedo todavía está hablando.
El miedo se combate con la verdad, no con la negación
Salmo 56:3 dice:
"En el día que temo, yo en ti confío."
Me encanta la honestidad de ese versículo.
David no dijo:
"Yo nunca tengo miedo."
No dijo:
"Los verdaderos creyentes no sienten temor."
Dijo:
"En el día que temo…"
Es decir: "Hay días en los que tengo miedo."
Pero después añade:
"…yo en ti confío."
Eso cambia todo.
Porque confiar en Dios no significa negar la realidad.
No significa mirar una situación difícil y fingir que no importa.
No significa decir: "Todo está perfecto", cuando sabemos que no lo está.
La fe bíblica no es negar el problema.
La fe es decidir quién tendrá la última palabra sobre el problema.
El miedo dice:
"No sabes qué va a pasar."
La fe responde:
"Es cierto, pero Dios sí sabe."
El miedo dice:
"No puedes controlarlo."
La fe responde:
"Es cierto, pero nunca tuve que controlarlo todo."
El miedo dice:
"Estás solo."
La verdad responde:
"Dios ha prometido estar conmigo."
Hay una diferencia enorme entre tener miedo y dejar que el miedo maneje.
Podemos imaginarlo así:
El miedo puede montarse en el carro.
Probablemente llegará sin invitación.
Puede sentarse atrás.
Puede hablar.
Puede quejarse.
Puede decir todo lo que podría salir mal.
Pero no tenemos que entregarle las llaves.
El miedo puede estar presente, pero no tiene que conducir nuestra vida.
Y cuando comenzamos a responder al miedo con la verdad de Dios, algo cambia.
Tal vez las circunstancias todavía sean difíciles.
Tal vez el resultado todavía sea incierto.
Pero nuestro corazón deja de depender únicamente de lo que vemos.
Dios conoce perfectamente nuestra tendencia a temer
A través de toda la Escritura encontramos una frase que Dios repite una y otra vez:
"No temas."
Se la dijo a Abraham.
Se la dijo a Isaac.
Se la dijo a Jacob.
Se la dijo a Josué.
Se la dijo a su pueblo.
Se la dijo a sus profetas.
Y encontramos la misma idea repetida constantemente cuando Dios llama a alguien a confiar en Él.
Isaías 41:10 dice:
"No temas, porque yo estoy contigo; no desmayes, porque yo soy tu Dios que te esfuerzo; siempre te ayudaré, siempre te sustentaré con la diestra de mi justicia."
Mira la razón que Dios da.
No dice:
"No temas porque nada malo sucederá."
Tampoco dice:
"No temas porque todo saldrá exactamente como tú quieres."
Dice:
"No temas, porque yo estoy contigo."
La respuesta de Dios al miedo no siempre es una explicación.
Muchas veces es Su presencia.
Nosotros queremos saber:
"¿Qué va a pasar?"
"¿Cuándo terminará?"
"¿Cómo lo vas a resolver?"
"¿Cuál será el resultado?"
Y muchas veces Dios responde primero:
"Yo estoy contigo."
Quizás esa respuesta no satisface nuestra necesidad de controlar todos los detalles.
Pero sí satisface nuestra necesidad más profunda: saber que no caminamos solos.
Si Dios repite tantas veces esta verdad en la Escritura, quizás es porque conoce perfectamente lo fácil que es para nosotros olvidarla.
Sabía que llegarían noches en las que tendríamos miedo.
Sabía que existirían diagnósticos que nos preocuparían.
Sabía que enfrentaríamos pérdidas.
Sabía que habría decisiones que nos harían temblar.
Sabía que existirían situaciones completamente fuera de nuestro control.
Y por eso nos recuerda una y otra vez:
No estás solo.
Cuando el miedo se convierte en ansiedad
Filipenses 4:6-7 dice:
"Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepuja todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús."
Pablo no dice simplemente:
"Deja de preocuparte."
Porque todos sabemos lo poco útil que resulta decirle a alguien preocupado:
"Pues no te preocupes."
Gracias.
Problema resuelto.
Pablo nos enseña qué hacer con aquello que nos preocupa.
Llévalo a Dios.
Ora por ello.
Nómbralo.
Habla con Dios acerca de aquello que te da miedo.
Y observa algo interesante:
La promesa no dice necesariamente que Dios cambiará inmediatamente la situación.
Dice que Su paz guardará nuestro corazón y nuestros pensamientos.
A veces esperamos que Dios cambie primero nuestras circunstancias para entonces poder tener paz.
Pero Dios muchas veces comienza cambiándonos a nosotros en medio de las circunstancias.
La paz de Dios no siempre significa ausencia de problemas.
Puede ser tener una situación completamente incierta y, aun así, saber que Dios continúa presente.
¿Qué miedo está tocando tu puerta?
Quizás hoy el miedo tiene un nombre.
Tal vez es miedo a perder el trabajo.
Miedo a una enfermedad.
Miedo por tus hijos.
Miedo al futuro.
Miedo al fracaso.
Miedo a comenzar nuevamente.
Miedo a quedarte solo.
Miedo a tomar una decisión.
Miedo de que algo del pasado vuelva a suceder.
Miedo de que Dios no responda como tú esperas.
No necesitas fingir delante de Dios que ese miedo no existe.
Él ya lo conoce.
Lo que puedes hacer es entregárselo.
Esta semana quiero invitarte a hacer algo sencillo.
Identifica un miedo concreto.
No digas solamente:
"Señor, quítame todos mis miedos."
Ponle nombre.
"Señor, tengo miedo de esto."
"Me preocupa aquello."
"No sé qué hacer con esta situación."
"Esto me está quitando la paz."
Y después de nombrarlo, recuerda quién está contigo.
Porque algunas veces seguimos llevando un miedo que ya presentamos delante de Dios.
Oramos por él el lunes y el martes lo recogemos nuevamente.
Se lo entregamos a Dios por la mañana y antes de dormir ya lo tenemos otra vez en nuestras manos.
Tal vez entregar el miedo a Dios no sea una decisión que hacemos una sola vez.
Tal vez haya que hacerlo cada mañana.
Y está bien.
Cada vez que el miedo vuelva a tocar la puerta, podemos responder nuevamente con la verdad.
"Sí, tengo miedo."
"Sí, no conozco el resultado."
"Sí, esto me preocupa."
Pero no estoy solo.
Dios está aquí.
Y si Él está aquí, el miedo ya no tiene que decidir qué hago después.
Señor, hoy te traigo mi miedo tal como es, sin esconderlo y sin tratar de parecer más fuerte de lo que soy.
Tú conoces aquello que me preocupa.
Conoces las preguntas que repito cuando nadie me escucha y las situaciones que quisiera poder controlar.
Gracias porque nunca me pediste que fingiera que no tengo miedo.
Me invitaste a confiar en ti cuando el miedo aparezca.
Cuando quiera retroceder, dame poder.
Cuando el miedo me haga pensar solamente en mí, dame amor.
Cuando mis pensamientos quieran correr hacia todos los peores escenarios posibles, dame dominio propio.
Ayúdame a recordar que no necesito conocer todo lo que viene mañana para confiar en quien estará conmigo mañana.
Hoy te entrego aquello que no puedo controlar.
Guarda mi corazón y mis pensamientos con tu paz.
Y cuando el miedo vuelva a tocar la puerta, recuérdame que tú ya estás dentro de la casa.
En el nombre de Jesús.
Amén.
"El miedo puede tocar la puerta, pero no tiene que entrar a gobernar la casa. La fe responde recordando que Dios ya está adentro."